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Cultura

Quizás sea mañana

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats. Hoy, reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas.

La había observado tantas veces pasar trotando con su perrito por la vereda de enfrente. Desde esa misma mesa, solo, sentado en su silla, la única que podía recostarse contra la pared y que daba una buena vista a la entrada del parque.

Ignacio Evaristo Fuentes sintió, como siempre que la veía, el despertar de ese monstruo que llevaba en su bajo vientre. Ese que desde muy joven lo tenía encadenado y le obligaba a realizar las cosas más abyectas que ser humano pudiese imaginar.

No era una mala persona, todo lo contrario. Bondadoso al borde de lo exagerado y asquerosamente caritativo. Un buenudo del que se aprovechaba medio pueblo.

La muchacha cruzó la avenida rumbo a la plaza principal, que a esa hora de la noche lucía desierta y poco iluminada. Al pasar frente a la cantina, pispió disimuladamente la mesa donde se hallaba Ignacio. Pronto llegaría a la esquina donde estaba esa obrita a medio construir abandonada, el lugar perfecto. Pese a lo holgado del jogging, sus voluptuosidades se insinuaban en sensual bamboleo.

Nacho contuvo la respiración, la arritmia que siempre acompañaba el despertar del monstruo se hacía evidente.

— ¡Ahora no Dios mío! —se dijo en muda súplica mientras se aferraba con desesperación a los bordes de la silla.— ¡Es tan joven, tan linda, tan inocente! ¡No me hagas esto! ¡Regalame un poquito de piedad por favor!—balbuceó mirándose la entrepierna donde la palpitación iba en aumento.

La primera vez fue en su pueblo natal, Villa el Totoral, siendo apenas un adolescente. A partir de allí, como animal cebado, se deslizó por un tobogán vicioso que lo convertía cada tanto, cuando ordenaba el monstruo, en una bestia insensible y despiadada.

Cuando la bella silueta se perdió de vista entre el rosedal suspiró un poco aliviado y se secó el sudor de la frente con la palma de una mano. Parecía tenerlo controlado al maldito.

—Qué bueno por ella, me cae re bien la Luli —pensó el muchacho recordando la tardecita, días atrás, cuando se encontraron en la entrada de la heladería y el la dejó pasar cortésmente.

— ¡Gracias señor, muy amable! —le regaló la frase con tímida sonrisa y él se derritió al instante. Fue como si le declarase su amor, como si lo tocaran con una varita mágica iluminándolo. Allí adentro escuchó que el empleado la llamaba por su delicado nombre.

— ¡Luli, mi hermosa y simpática Luli! —musitó el Nacho a la vez que vaciaba el porrón de Quilmes en su vaso con ojos de vaca mirando pasar el tren.

Hundido en la silla, parecía haber alcanzado ese estado piadoso necesario para maniatar al monstruo y eso lo hizo sentirse sumamente orgulloso. Hasta llegó a ilusionarse en que todo podía ser diferente de allí en adelante.

Unos diez minutos más tarde Luli emergió de la oscuridad de la plaza, trotaba livianamente por la vereda del bar, al pasar frente al local lo miró ofrendándole una sonrisa mientras lo saludaba con un apenas perceptible movimiento de la mano. El joven bajó la vista avergonzado, sin poder devolverle el gesto.

—No puedo ser tan estúpidamente tímido, no, no —se recriminó con los puños crispados por la ira. Nunca podría enfrentarla, lo sabía. Tener una linda charla con ella, proponerle una salida. El monstruo no lo iba a dejar, nunca, jamás. Quizás la próxima vez que la viera fuese desde atrás y, lamentablemente, esa sería la última.

—Por lo menos esta noche estás salvada mi pobrecita —se dio animo desolado.

Ignacio Evaristo, el buenudo Fuentes, como lo llamaban en el barrio, se quedó media hora más. Cuando el partido de boca terminó y tras meterse un puñado de maníes, acabó con la cerveza de un solo taco enfilando con pereza hacia la calle.

La noche estaba limpia, tibia, empalagada de aromas de jazmines y albaca. La luna llena adormecía el paisaje. Caminó despacio, con las manos en los fondillos, en dirección a su casa. Silbaba “la pucha con el hombre’ y cada tanto pegaba un saltito acompañado de un alarido. En el bolsillo derecho, sus dedos jugueteaban con el fino alambre con el que acostumbraba estrangular a sus presas.

Luli se secó la frente y las mejillas con una toallita y se sentó en la cama para poder sacarse con comodidad las zapatillas. Entró al baño y tras prender la ducha comenzó a desvestirse. En la puerta que daba al living había un gran poster rojo con letras rojas que rezaba "NI UNA MENOS"

— ¡El cabrón hijo de puta no se animó esta noche! Quizás sea mañana —protestó ilusionada  a la vez que sacaba de su sobaquera el calibre 38 especial y lo acariciaba. Con ese mismo revolver  ya había acabado con tres de aquellos bastardos degenerados.

 

¡Muy feliz año nuevo mí querida gente del Sur mendocino!!!  Les deseo un 2017 genial, lleno de amor y esperanza. Estoy seguro que estos nuevos 365 días van a ser mucho mejores que los pasados.

Amanecerá y veremos…  W.G.G. el Quijote Verde.