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Cultura

Noelia

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats. Hoy, reside en Miami y colabora con MediaMendoza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas.

La mente extraviada en un recuerdo, seguramente mucho más placentero que su realidad, robaba una indecente sonrisa al rostro de la pordiosera. Quien sabe en qué instante la patética criatura había disfrutado, aunque fuese solo un poco, de las mieles de la vida. Esas cosas, mientras rogaba por que no se le desfondara una bolsa, cavilaba Jorge en la medianoche neoyorkina al cruzar el ally para tirar la basura del restaurant. Hacía un frio de pelarse, la llovizna que ahora caía y que pronto sería aguanieve, ralentizaba los pasos de los pocos que se aventuraban sobre Queens boulevard. El gris del firmamento, acentuado por el smog lumínico, oprimía aún más a las babosas humanas de la capital del mundo.

El hombre se acomodó bien los guantes mientras largaba un profundo suspiro.  Se había planteado que nada le estropearía el buen humor. Su primer bebé acababa de cumplir tres añitos. Además poseía la mujer más hermosa y comprensiva del mundo. Que otra cosa podía pedir si también lo habían promovido a jefe de cocina en “Mi catracho bello”, con el aumento de sueldo correspondiente. Para sumar alegrías sus padres llegaban a la Guardia la próxima mañana para disfrutar las fiestas junto a ellos.

Tras cerrar el conteiner se subió la bufanda hasta el comienzo de los ojos, a pesar de la capucha bien anudada le ardían las orejas, nunca se acostumbraría a este puto clima. Extrañaba las temperaturas de su dushi Aruba, entre veinticuatro y treinta grados durante todo el año. Hijo de argentinos, había nacido y vivido sus primeras dos décadas en la pequeña antilla del reino holandés. Cuando sus padres retornaron a Mendoza, el decidió ir a probar suerte a la gran manzana. Diez inviernos después no le había ido tan mal, pero el tiempo invernal de mierda lo seguía deprimiendo y más al observar tanta gente, como esa infeliz, abandonada a la cruel intemperie.

Antes de regresar al restaurant, rodeó el basurero y ocultándose tras un poste de luz  la estudió de nuevo. La infeliz no debía tener ni veinte años, aunque la oscuridad, sumada a la mugre de su cara, hacía difícil adivinarlo. Parecía ignorar los estiletes helados que caían desde el cielo. Ni siquiera estaba bien abrigada. Más que su belleza extraordinaria, a Jorge lo impactaba la expresión angelical del rostro, rayana en lo demoniaco, y una sonrisa perpetua tan perturbadora como hipnótica. Al punto que le costó una eternidad desviar las pupilas de ella y decidirse a enfilar hacia la puerta trasera de “Mi catracho bello”.

— ¿Jorge… señor Jorge Centurión?

La dulce voz lo sorprendió al punto de hacerlo tropezar con el primer escalón de la entrada. Su cabeza fue a dar contra la puerta. Tras el golpe seco que lo dejó aturdido, cayó de rodillas prodigando una puteada de aquellas.

— ¡La putisima madre que lo reparió! ¿Quién mierda es esta? ¿Cómo carajos sabe mi nombre?

El cocinero se incorporó lentamente y sin soltar el picaporte enfocó a la muchacha. Un desasosiego irracional hacía temblar sus canillas.

—Sí, ese soy yo. ¿Qu… que es lo que quiere?

La homeless se detuvo a dos metros de él. Jorge tenía tal expresión de pánico que ella decidió no avanzar ni un centímetro. Era más alta de lo que parecía acurrucada. Se adivinaba bajo la capa de mugre y ropa andrajosa un cuerpo esbelto, para nada mal alimentado. Lo estudió por unos segundos con curiosidad, tratando de sopesar el miedo que lo acorralaba.

—Mi nombre es Noelia y le conozco muy bien. Se todo sobre su vida —le tiró a boca de jarro.

En algún lugar una alarma chilló marcando la medianoche, nevaba copiosamente y la brisa que iba en aumento hacia aún menos placentero estar afuera en ese instante. Sin embargo, el hombre no terminaba de abrir la puerta, de escabullirse de esa engorrosa situación. Algo lo anclaba de una forma sobrenatural, obligándolo a comenzar una conversación, cuando lo lógico hubiese sido tratarla por loca, cortando todo dialogo de un portazo.

— ¿A qué se refiere, no le entiendo? ¿qui… quién es usted? —agregó sin poder evitar el tartamudeo.

— ¿No me reconocés? Es posible que no, va, es lógico. Claro, ahora estoy un poquito crecida. Hemos estado juntos desde que nací. ¿No te suena mi nombre? Noe, Noelia, Noita.

El ultimó apodo lo impactó como si le hubiesen cacheteado el rostro. Respiró entrecortadamente y confuso, al grado de no poder articular palabra, alzó los hombros arrugando el rostro en un gesto de interrogación.

—Si viejo, soy tu bebe, Noelia. Tu única hija, pero con veinte añitos más.

En situación normal todo hubiese acabado allí, sí o sí. Una loca rematada de la que había que alejarse lo más rápido posible. Pero Jorge Alberto Centurión supo de repente la razón que lo tenía escuchando, como hipnotizado, los sinsentidos de aquella joven…esa criatura era endemoniadamente parecida a su esposa Laura. Continuará…

 

Un gustazo volver a encontrarme con ustedes surmendocinos queridos. Esta vez con una historia inédita. De esas bien truculentas y rebuscadas que saben disfrutar. Trataré de no abandonarlos más y en una semanita acercarles la continuación de Noelia.

Amanecerá y veremos pueblo lindo…  W.G.G. El Quijote Verde desde la tierra del emperador Donald Trump.