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Cultura

Noelia (Continuación)

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats. Hoy, reside en Miami y colabora con MediaMendoza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas.

III

 

A las ocho de la mañana siguiente, Jorge tomaba unos amargos con Carina, su esposa guatemalteca, a quien conoció en el instituto de cocina Le Cordon Blue, en Brooklyn. La cabeza le giraba como un trompo desperdigando pensamientos por doquier. Aunque su corazón lo había creído, su mente seguía luchando por darle sentido a los acontecimientos de la reciente madrugada.

¿Sería verdad que esa joven era una viajera en el tiempo? Eran innegables todos los rasgos que la nueva Noelia compartía con Carina y su bebé, pero de allí a que esto certificaba el delirante testimonio nocturno, había un mundo. Si se tratase de una impostora, su interpretación era perfecta. Pero suponiendo que así fuese… ¿Cuál sería entonces el objetivo del magnífico papel? No tenía posesiones, menos dinero que justificase el fraude. ¿Entonces qué? El mayor de sus miedos radicaba ahora en la posibilidad que su hijita desapareciera, así le había confesado al final de la velada la supuesta Noelia.

Todo era loco, estúpido, imposible de creer y sin embargo por qué esa aprensión en su pecho, esa garganta cerrada que dificultaba el paso del líquido caliente, esos pulmones desinflados obligándolo a aspirar profundamente. Miró a su esposa con ojos desesperados, ojos que suplicaban ayuda, mas nada pudo decirle.

— ¿Cómo explicar tamaña sinrazón? Del ridículo no se vuelve —pensó compungido. — ¿Acaso estaré perdiendo la razón? ¿Habrán sucedido realmente los hechos de ayer en “Mi catracho bello”? ¿Y qué si me quedé dormido y lo soñé?

Dio un brinco y corrió a revisar los bolsillos de la chaqueta de cocinero. En el de arriba estaba la tarjeta del refugio para homeless sobre Greenpoint View, adonde había llevado a la muchacha como a las tres y media. Un par de asiduos clientes del restaurant, que trabajaban allí de noche, se encargaron de darle cama a la vagabunda. Uno de ellos le entregó el cartoncito con el número de teléfono del shelter.

Mordisqueó sin ganas una dona de chocolate mientras intentaba organizar los pasos por seguir. Debía obrar con celoso cuidado. Lo que menos buscaba era que le estampasen el rotulo de demente. Averiguar todo lo posible sobre el pasado de Noelia iba a ser lo primero, contaba solo con cuatro horas. Ella lo esperaría en el shelter al mediodía. Entonces iba a recibir las recomendaciones finales sobre la misión salvadora. Acción por la cual, esa misma tarde, pondría en conocimiento a la gente del 2038  del arribo a este presente de la viajera temporal.

Pasó más de cuatro horas indagando a los empleados del siquiátrico que habían tenido algún tipo de contacto con la muchacha. Tras presentarse como un posible hermano mayor, habló con el medico que la había atendido, un par de enfermeros y tres pacientes con los que compartió el pabellón. No pudieron aportarle mucho más información  de la que ya poseía. Aunque si hubo un par de cosas que lo sorprendieron en sobremanera. Le contaron que la supuesta Noelia tenía borradas las huellas digitales, por lo cual a la policía le fue imposible cotejarlas con la central nacional de datos. Por último se enteró que su ADN estaba guardado en la enfermería, pero le sería imposible acceder a él sin una orden judicial. ¿Qué podría argumentar para obtenerla? Es mi hermana menor aunque nunca la registraron mis padres. El juez dirá entonces que le gustaría hablar con ellos y allí se acabó la cosa. Quizá tomándole una nueva muestra podría llevarla a algún laboratorio privado, cotejarla con una de su bebé y al fin saber la verdad. Aunque la muchacha no tenía un puto papel y eso complicaría los trámites por donde quiera que se lo mirase.

Jorge cavilaba todo esto al momento de entrar a Our Folks, pasada la una de la tarde. Fue allí, en un nublado y lluvioso mediodía, donde durante treinta minutos Noelia le explicó detalladamente lo que tendría que hacer. Estaba sentada en una reposera al fondo del oscuro comedor, ya no quedaba en la habitación habitante alguno del refugio. Se la veía mucho más demacrada y débil que la noche pasada. Hablaba con dificultad, alargando las palabras hasta la exasperación. Sus ojos perdidos tras abultadas ojeras ya no tenían ningún rastro de luz. Al cocinero se le estrujó el alma, a clara vista la joven transitaba sus últimas horas. El cariño con el que lo observaba, la forma en que apretaba su mano, entre otros detalles, volvieron a convencerlo de que era su Noita la que tenía en frente.

—Tenemos que ir urgente a un hospital Noe, no podes seguir así, se te ve muy mal. Si no te llevo yo, te van a llevar los del albergue en cualquier momento y va a ser lo mismo —le imploró y tras levantarse la tomó con cuidado de un brazo con la idea de llevársela de ahí.

—Dejame acá por favor y apurate a llevar el cilindro, ya no hay más tiempo Yoyi. Lo mejor que podes hacer es terminar con esto de una vez. Dale pa, tené mucho cuidado por favor —agregó mientras lo abrazaba estampándole un largo y húmedo beso en la mejilla. — Te quiero viejo, espero que en veinte años nos volvamos a ver.

Jorge salió corriendo del Shelter, parecía que un gigantesco reloj le perforaba los sesos con su tic-tac… continuará.

 

En una semana les acerco la impensada culminación de Noelia. Impensada porque todavía ni yo sé cómo la voy a terminar, jaja. Espero que por lo menos los haya entretenido un rato. Abrazo grande, se los quiere coterráneos, a cuidarse mucho y muy feliz junio.

 

Amanecerá y veremos...  W.G.G, el quijote verdolaga desde la tierra del emperador, el pato Donald.