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San Rafael

Un enólogo sanrafaelino subió al Aconcagua y cuenta su experiencia

Claudio Martínez escaló, junto a miembros del Club Andino El Sosneado, el emblemático Aconcagua y habló con Media Mendoza sobre la travesía.

08-01-2017. Claudio Martínez es un enólogo sanrafaelino cuyo pasatiempo desde hace cinco años, nos comentó, es el montañismo, y que, con sus 51 años, se animó a subir la montaña más alta de América.

Tras unirse al club de andinismo El Sosneado, Claudio ya ha hecho cumbre en varios de los picos más importantes de la región y el país. En esta oportunidad -acompañado por dos guías; Diego Lessecce y Vito Magni, seis colegas del club; Janina Barbadilla, Zulma Canuto, Fernando Zanona, Diego Malchorena, Victor Buttini y Maximiliano Fernández, otras tantas personas de varios grupos- escaló (aunque por un embate del mal de altura debió quedarse unos cuantos metros antes de pisar la cumbre) uno de los cerros más altos del planeta: el Aconcagua, de 6.900 metros de altura.

Sobre su experiencia, regaló el siguiente relato a Media Mendoza.

 

Todo empezó en marzo del año pasado; fuimos con el club a plaza Francia, que es la pared sur del Aconcagua, y entonces miramos para arriba y dijimos; queremos estar allá.

Nos organizamos por varios meses, y decidimos aprovechar los feriados y el fin de semana del 8 de diciembre para subir.

Salimos el 8 a la madrugada, éramos nueve. El mismo 8 llegamos a Horcones, a 2900 metros de altura. De ahí salimos hacia confluencia; son de 7 a 8 horas de travesía. Nos tocó muy mal tiempo en ese camino, una lluvia persistente que nos mojó todo: ropa, equipamiento, un poco la comida, y después empezó a nevar. Así llegamos a Confluencia, que está a 3300 metros: con la nevada hasta los tobillos y a secar todo.

Siguió nevando hasta el otro día a las 7, así que nos levantamos con 30 centímetros de nieve. Ahí decidimos no seguir a Plaza Francia, porque se había perdido gente que tuvo que ser recatada, había riesgo de avalancha, etcétera. Entonces partimos a Plaza de Mula, por la pared norte del Aconcagua: son diez horas de caminata desde Confluencia. Durante este trayecto salió el sol, cambió el tiempo espectacularmente, nos empezamos a desabrigar, en esas diez horas se transformó el paisaje completamente.

 

Llegamos como a las 7 de la tarde a Plaza de Mula, acampamos ahí y aprovechamos para hidratar: hay que tomar mucho líquido porque al ser el aire seco, te desidratás muy rápido; tomábamos 6 litros de agua al día.

Al día siguiente, tipo 8 de mañana, salimos a llevar nuestras cargas a Plaza Canadá, 800 metros más alto, a 5500 metros de altura, hubo que hacerlo en dos veces porque el oxígeno ya escaseaba y la carga era bastante, llevábamos unos 17 kilos cada uno, e íbamos sin equipo de oxígeno. Después volvimos a Plaza de Mula, hicimos otra noche, y al otro día cargamos el resto y nos fuimos de vuelta a Canadá, donde nos tocó un día espectacular.

 

El miércoles salimos a Nido de Cóndores: fue corto pero duro, son 5 horas de travesía, unos 800 metros aproximadamente, pero fue duro porque la falta oxigeno te va pasando factura, muchos días de no descansar bien, la hidratación, etcétera. Yo a Nido de Cóndores llegué con el último aliento, me costó como dos horas recuperarme y respirar bien. Sólo agacharte y levantarte te dejaba sin aire o te mareaba.

Ya a esa altura hay que derretir nieve para hidratarse, porque no se puede subir con tanta cantidad de agua, pero al derretir la nieve tenés agua destilada que no te hidrata, así que hay que agregarle sales, jugo, mate, sopa.

(Un punto aparte amerita la vista: es espectacular. Ya desde Horcones, llegás y tenés una laguna espectacular. Creo que hasta lo hacemos porque nos gusta la vista. Saqué 500 fotos)

En Nido de Cóndores hicimos noche. Ahí, dos compañeros tuvieron hinchazón de cara y ojos por la altura y la falta de agua, pero se recuperaron tomando agua. Son los efectos de la altura. Otro compañero, por ejemplo, iba peleando con sus mascotas. Es cómico cuando uno lo ve de afuera, pero él realmente veía a los perros y no lo dejaban avanzar, es el mismo cuerpo que te dice basta, alucinás. A mí me dio un sueño terrible, y así fue que cuando me acosté, dormí como si estuviera en mi cama con día espectacular.

El jueves salimos a Cólera, que no sé bien por qué se llama así, pero si es por el viento está bien puesto el nombre, porque es colérico como pocos. Llegamos tipo 3 de la tarde, con paso de pan y quedo (la falta oxigeno no te permite moverte más rápido). Ahí nos agarró una nevada terrible y el viento era tan fuerte que no podíamos armar la carpa. Además el frío era tan insoportable, que ni con los guantes podíamos empalmar los caños de la carpa.

Cuando logramos montar el campamento, nos relajamos y dormimos. Fue la peor noche de todas, y de nuevo, por la falta de oxígeno.

Como a las 7 de la mañana salimos a cumbre. Era de noche todavía así que la vista era espectacular, se veía un camino de linternas de montañistas subiendo; es impresionante la cantidad de gente que sube. Fueron 30 minutos increíbles.  Después salió el sol y vimos un horizonte increíble, se veía la sombra perfecta del Aconcagua proyectada sobre las nubes: impresionante.

Ahí ya estábamos a unos 6300 metros. Hasta la cumbre fueron unas horas terribles porque hacíamos 15 metros y había que descansar.

Ahí a mí me empezó a atacar fuerte el mal de altura, y veo a otro compañero que estaba dudando cada paso, mal. Entonces, a los 6700 metros lo guías (espectaculares que, creo, hicieron la cumbre numero veinte) se dieron cuenta y en un lugar que se llama La Cueva, él se quedó, y yo estaba en duda; “¿Qué hago, sigo, me acuesto a dormir?”. Estaba agotado. Tomé la decisión de quedarme, esto fue a la 1, y a las 3 el resto hicieron cumbre. Me faltaron 200 metros y me quedé con ese gusto fosforo, porque a la hora y media me recuperé, pero en el montañismo tenemos una frase; “la montaña va a seguir ahí, y voy a volver”.